Autor: Vi-Chan/ParKimBoo
Pareja: Jaejoong x Original.
Era una
hermosa melodía la que sus oídos llegaban a escuchar y le pareció algo un tanto
extraño ya que a esas horas no se encontraba nadie en el recinto. Aún vestida
con sus zapatos de ballet, mallas blancas y tutú lavanda, la chica se aventuró
en los pasillos de la academia a paso lento. Cerrando de vez en vez los ojos
dejándose guiar por el suave sonido de las teclas del piano, lentas al
principio, suaves y melodiosas que le hacían erizar la piel cuando la
intensidad de cada acorde aumentaba al
igual que su velocidad y, se encontró frente a las enormes puertas de madera
tallada las cuales abrió con sigilo, asomando la cabeza al momento en que el
piano hacia una pequeña pausa, entrando en el gran auditorio sintiéndose
embelesada al momento en que la melodía retomaba forma en sus oídos, con más
fuerza, pasión, fijando su mirada un tanto cristalizada en el centro del
escenario en donde el enorme piano de cola se encontraba.
Sin sonido
alguno caminaba en dirección del imponente instrumento que emitía tales notas
que le hechizaban, se metían bajo su piel sintiendo las emociones que intentaba
transmitir el pianista con cada acorde y, no podía evitar preguntarse quién era
el dueño de tales manos que con tal gracia creaba aquella magia que le
envolvía.
En sus
cortos años jamás había escuchado tal canción y, no podía evitar querer conocer
la historia de la misma. Estaba tan cargada de amor, pasión y… nostalgia. Sin
saber por qué, tomó uno de los violonchelos con los que solía practicar a
escondidas de su padre y centrándose en el piano, cerró sus ojos dejando
balancear su cabeza y hombros al ritmo de la música, colocando sus delicados
dedos sobre las cuerdas de este empezando a acompañarle. Era realmente extraño
pero más que eso, mágico. Cómo podía conocer los acordes exactos de tal canción
que jamás había escuchado era una duda para después, el ahora era más
interesante, indispensable… el pianista aceleraba el ritmo al mismo tiempo que
ella le seguía en una armonía tan perfecta que le hizo estallar el pecho y
brotar un par de lágrimas de sus ojos al instante en que ambos abruptamente
terminaron la canción. Como si de algo minuciosamente practicado se tratase.
Abrió sus
ojos aun cristalizados llevando la mirada hacia el piano de cola, dejando
recostado del suelo el violonchelo para
caminar a pasos pequeños pero decididos hacia el lugar, visualizando a
medida que se acercaba a un joven de no más de veinte años con sus brazos
estirados hacia las teclas del piano y sus largos y finos dedos aun sosteniendo
el último acorde tocado. Sus ojos se mantenían cerrados con la cabeza gacha,
haciendo que las finas hebras de su cabello tan brillante y claro como la plata
los cubrieran parcialmente.
Con un
suspiro dejó caer sus manos del piano dejándolas a cada lado de su cuerpo,
quedándose en esa posición por un instante. –Tocas con el corazón, jamás dejes
de hacerlo… - la presente dio un respingo al oírle, no tanto por las palabras
en si sino por el tono de la voz del otro, encontrándole extrañamente bajo y
suave a la vez, así como con un toque de acento extranjero.
Al no
obtener respuesta alguna el chico levantó el rostro volteándose ligeramente
hacia esta, abriendo sus ojos enfocándolos en lo que parecía ser una niña de no
más de diez años de edad, lo cual le tomó por sorpresa mas no dejo mostrarlo en
sus fracciones. Habría jurado que de alguien mayor se tratase, era bueno
sintiendo ese tipo de cosas y, ciertamente esta niña no se sentía como tal.
Levantando
una de sus manos hacia el rostro de la infante, logró capturar una de las últimas
lágrimas que de los grandes ojos cafés de esta brotaban, llevándosela luego a
sus labios sintiendo el suave salado característico de las mismas, frunciendo
un poco el ceño sin decir palabra alguna.
-Hola,- la
chiquilla se aventuró a decir tímidamente, inmersa en el brillante azul verdoso
de la mirada del mayor, embelesada con tal exuberante color de ojos. –soy…—
-¡Anna!-
escuchó a su padre llamando a por ella cortando palabra alguna de su boca,
abriendo los ojos por completo volteando la mirada hacia el violonchelo en
medio del escenario. Su padre era alguien sumamente estricto quien solo
intentaba cumplir a toda costa los deseos de su madre.
Rossanna
Brienne fue una de las bailarinas de ballet clásico más reconocidas de sus
tiempos, pero su carrera fue corta puesto
que el destino le tenía otros planes. Planes lejos de su casa y familia,
planes lejos de este mundo.
-Me tengo
que ir.- se apresuró a decir la chiquilla dándose media vuelta con rapidez,
haciendo que los rebeldes rulos que escapaban de su coleta se balancearan con
el movimiento pero, el chico en seguida le tomó por el brazo haciéndole
detenerse por completo.
-¿Podrías…
- el antes mencionado se aclaró la garganta aun manteniendo su ceño fruncido y
una mirada un tanto contrariada por lo que hacía- ¿Podrías venir mañana? me
agradó el acompañamiento que le hiciste a la canción… -añadió sin cambiar sus
expresiones, en ese tono bajo y suave mezclado con ese acento que no le
desagradaba a la niña para nada. –Solo si tocas de nuevo el piano. –respondió
esta esbozando una enorme y radiante sonrisa que dejó un tanto desconcertado al
mayor el cual simplemente asintió, viéndole partir dando pequeños brincos con
sus zapatos de ballet.
Al notar la
sonrisa que adornaban sus labios, el chico la suprimió en seguida. ¿Cómo era
que de importarle poco el mundo, se encontraba ahí, sonriendo cual estúpido
sólo porque una niña le sonrió? Una niña con mucho talento, debía admitir. Con
un profundo suspiro y en completo silencio se puso de pié, caminando hacia el
violonchelo abandonado recogiéndolo para apilarlo junto al resto pensando que
quizá sería entretenido regresar a la siguiente noche, aunque algo también le
decía que no debía, algo en lo más profundo de su pecho le gritaba, pero sus
oídos eran sordos aún, y necesitaba encontrar quien le hiciera escuchar.
La música tiene formas extrañas de
hacerse expresar,
a veces, está tan claro y
transparente como el agua lo que esta nos dice,
otras… es solo un turbio remolino de
ideas inconclusas,
como un sueño a medias.
°~°~°
-Eres una
niña…- era lo que solía decirle, aunque la frase era más para sí mismo que para
la contraria, llevaba ya cuatro años repitiéndose lo mismo pero, se le era imposible separarse.
Los grandes
ojos cafés le observaban desde abajo, abrazándole un poco más la cintura sin
desviar la mirada, podía verlo, sus lágrimas pronto caerían, por lo que
cariñosamente llevó su mano a aquel rostro formando una caricia en el proceso.
La menor
simplemente observaba casi con devoción aquella extraña mezcla de colores que
se desplegaban en los ojos del mayor, siendo más extraño este color en alguien
de ojos rasgados pero ese detalle dejó de importarle hacia ya mucho tiempo.
–Pero…- replicó esta viendo negar al otro. - No sufras... por favor, yo
encontraré la forma de volver a ti, confía en mí —e intentó sonreír al regalar
la promesa. Sus encuentros habían dejado de ser secretos y el padre de la chica
se opuso a estos, por ello el muchacho de mirada azul verdosa decidió
marcharse. Ella no tenía que saber los porqués de su partida, aun era muy
joven.
-¿Lo
prometes?-
-Lo
prometo...- Aquella voz era lenta, baja
y suave, murmurado las palabras contra el cabello de suaves rulos de la
pequeña, acariciándole, tocándole con sumo cuidado, besando su piel marcándola
cual tatuaje donde la tinta indeleble era el calor de sus labios. Podía
sentirlo, percibirlo, y sólo le abrazaba mientras aquellos labios cerraban el
pacto sobre su piel. -Mientras...mira el mundo, conoce personas, sal con más
gente... se libre, pero... nunca olvides que eres mía-
Una lágrima
insolente y solitaria se atrevió a desprenderse de sus ojos deslizándose por su
mejilla y tal cual como la primera vez que ambos ojos hicieron contacto, usando una mano la secó, llevándola a sus
labios intentando tragar el nudo que se formaba en su garganta al sentir el
amargo sabor de la despedida en esa salada gota.
“Es más aquello que nos separa que
lo que nos permite estar juntos, y aun no es tiempo” habían sido sus últimas palabras
aquella noche. Los recuerdos eran fuertes,
cada uno de ellos poseía la fuerza para absorberla, para quedar marcado, vívido
e intacto en lo más profundo de su mente.
Venían a
ella, a su cabeza, sin que pudiera hacer nada al respecto. Había confiado, de hecho aún confiaba a pesar de los años transcurridos. Confiaba en que aquel sueño un día apareciera frente a si.
~Listening: Ludovico Eunaidi - Divenire Live @ Royal Albert Hall London~

No hay comentarios:
Publicar un comentario